Se estira en la cama, feliz. El contacto con esos labios era,
definitivamente, lo mejor que había sentido en mucho tiempo. ¿A quién le
importaba que todo lo que ocurrió fue producto de una mentira? A fin de
cuentas, sólo él sabía la verdad. Confió en que las cosas fueran
diferentes esta vez.
Se movía rápidamente. No; era el mundo lo que se desplazaba a su
alrededor. Pausa, y fluye la gente. Se entra y se sale. Ahora se sentía
especialmente ajeno a todos esos rostros cansados y aburridos. Ya no era
miserable, y no tenía nada que compartir con ellos. Cerró sus ojos y se
puso sus audífonos.
Ya no se sentía tan bien. Asumía que no había cambiado en nada; el
peso de la verdad seguía primando por sobre cualquier dicha obtenida a
expensas de ella. Se odió por ser tan débil.
-No entiendo.
-Honestamente, no esperaba que lo hicierai.
-Entonces, ¿pa qué me lo contaste todo?
-Tenía que hacerlo de alguna manera. Podría haber sido peor.
-¿Cómo?
-Podría habértelo dicho de verdad.
-¿Qué? ¿Osea que me estai mintiendo?
-No. No me refiero a eso cuando digo “de verdad”.
-No cacho.
-Tampoco esperaba que entendierai eso.
-Ya, no importa. No sé pa qué sigo hablando contigo; lo único que logro es enojarme.
-Heh, dímelo a mí.
-Oye, al menos yo no hablo weás crípticas.